No comenzamos como empresa. Empezamos como viajeros frustrados con tours genéricos que nos mostraban lo mismo que podíamos ver en internet.
Hace cinco años, mientras visitábamos un pueblo costero en Italia, nos perdimos. Terminamos en una plaza donde solo había lugareños. Un señor mayor nos invitó a sentarnos en su terraza y nos contó historias de cuando el pueblo vivía de la pesca.
Esa tarde aprendimos más sobre la cultura mediterránea que en todos los tours pagados que habíamos hecho antes.
Nos preguntamos: ¿por qué las mejores experiencias de viaje siempre pasan por accidente?
Pasamos dos años construyendo relaciones con personas locales en ciudades costeras del Mediterráneo. No guías turísticos profesionales, sino gente que vive allí y conoce los lugares que los turistas nunca ven.
Diseñamos rutas donde lo importante no es marcar casillas, sino conectar con lugares y personas. Sin prisas, sin grupos masivos, sin itinerarios rígidos.
Preferimos visitar tres lugares con profundidad que diez de forma superficial.
Si hay dos restaurantes y uno está lleno de turistas, vamos al otro.
Nuestros guías no memorizan datos. Comparten vivencias personales.
Si en un pueblo la gente no se apresura, nosotros tampoco.
No tenemos una oficina central. Nuestro equipo está distribuido por las mismas ciudades que visitamos. Son personas que han elegido vivir en estos lugares por razones propias, no por trabajo temporal.